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Dos adultos, cuatro niños y seis veranos en Galicia: «Nigrán y Baiona son un paraíso, en el norte hay siempre mucho que hacer»

VEN A GALICIA

Esta familia numerosa de Madrid pasa los veranos en Nigrán.
Esta familia numerosa de Madrid pasa los veranos en Nigrán. M.MORALEJO

TRIUNFA EL VERANO DEL NORTE. Estas familias abrazan una tendencia que inspira colecciones de moda de lujo y más popular. Galicia se consolida como refugio climático. Esta familia numerosa es fiel a las Rías Baixas. Estas son sus razones...

27 ago 2026 . Actualizado a las 16:36 h.

El verano en Baiona y en Nigrán es para las familias, y más para esas que cuidan su fama de destino turístico de calidad. El profe José Martín Aguado (Pamplona, 1987) y su familia, que ofrecen otro punto de vista sobre el síndrome de Down con la crianza de su hijo Juan, y alternativas a la sobreprotección como forma de educar, son un verano más fieles a su costumbre de elegir las Rías Baixas para el verbo más refrescante, veranear. La playa Mourisca, en Bueu, es uno de sus recientes descubrimientos en el paraíso de sus vacaciones.

José cuenta siete veranos en el sur del norte. Su mujer, Camino (Bilbao, 1990), matiza: «Quizá han sido seis, porque nos casamos hace ocho años y un año fuimos al sur». A las Baixas no les tira lo familiar. Si acaso a Camino, que de pequeña veraneó en Baiona, y en Baiona pasó su último verano de soltera.

A estos padres de cuatro pequeños siempre les gustó el norte peninsular, con su tiempo sin calores feroces, aunque la tradición de la familia de José era el verano cantábrico. «El verano del norte me recuerda a mi infancia. La familia, la playa, jugando a las palas, buceando, con un tiempo muy bueno, de temperatura agradable..., de dormir tapado, y de muchas excursiones. El norte es lo que tiene, hay mucho que hacer, es agradable, y a veces necesitas jersey», valora José.

Galicia se consolida como refugio climático de verano en España. La influencia atlántica esta familia la siente de un modo especial en la playa de Panxón, o Area Alta, que forma con playa América, separada por el río Muíño, un arenal de más de dos kilómetros y medio. «Nosotros solemos ir a la de Panxón, pero el otro día fuimos a Patos, y nos encantó. Es una maravilla; tienes a los dos lados montaña y en frente las Cíes. ¡Y aguas cristalinas! No puedes pedir más...», dice José. La temperatura del agua no les desanima. «A mí me suele costar meterme, pero este año ¡nada que ver!», comenta Camino, una de las veraneantes que este verano han comprobado en las Rías Baixas que el agua está bastante más caliente de lo habitual.

Sofía, de 7 años, Juan, de 5, Gabriela, 3, e Inés, de 1, son los niños que hacen numerosa a esta familia, que necesita su organización, tanto durante la mayor parte del año como para veranear. Ellos dicen que la gente les suele mirar. Es lo que tiene ser una gran familia en un contexto actual donde mandan los hijos únicos. «La gente se queda alucinada con nosotros», se ríe Camino.

La pareja tiene cuatro hijos «no por mandato divino o locura temporal», y ve las familias grandes como «una máquina de virtudes» que cuesta su trabajo sincronizar. Las alegrías son grandes. El esfuerzo diario también.

DISFRUTE Y CANSANCIO

En verano el ritmo se relaja. Siempre hay cosas que hacer y rutinas que son salvavidas. Pero el verano les da tiempo para convivir, para estar en familia sin correr. «Es en verano cuando convivimos más. En invierno no estás tanto tiempo con ellos. Estás, disfrutas, pero a mí me genera un poco de estrés y agotamiento. Las comidas. Acordarte, al ir a la playa, de bajar todas las cosas, entre otras los pañales... Tenemos tres hijos con pañales, bueno dos, porque otra los usa solo para dormir. Estás pendiente de que uno no se escape y la otra de no sé qué... Es agotador», confiesa Camino.

A cambio los niños hacen de cine en la playa eso que tienen que hacer: disfrutar a su ritmo. «Disfrutan a tope —asegura su madre—, y es lo mejor. El cansancio es la otra cara de todas las cosas buenas que tiene el verano, pero son gajes del oficio, es lo que te toca».

La hermana mayor, Sofía, ayuda, dicen sus padres, «lo que hace el trabajo más llevadero». El recurso educativo del ejemplo es el favorito de este profe y padre numeroso en hijos y en seguidores en redes. «El ejemplo que les damos» es, incide, lo que más cuenta y como el Fairy, lo que cunde. «Si pensamos en los cinco sentidos que tenemos, en educación la vista es el fundamental. Puedes hablar mucho, pero si ellos no lo ven reflejado en ti, es papel mojado», sostiene José.

Como profe de adolescentes, invita a estar alerta ante la sobreprotección que se estila hoy. En uno de los post que comparte en su cuenta de Instagram, en una escena de parque con sus hijos en Vilanova da Cerveira, le llamó la atención que otros padres les preguntaran a sus niños si estaban solos. José estaba a unos cinco metros. «Y agradecí a esos padres que preguntaran, eh, pero lo que percibo es que los padres hoy están muy-muy pendientes de los niños para que no les pase nada, para que no se caigan, para que no sufran... Y, si echo la mirada atrás, veo que nuestros espacios eran rústicos. Los columpios cuando nosotros éramos niños eran de metal, y no recuerdo a mis padres cerca... Y no pasó nada. Lo que veo también, en el colegio, es que cada vez están llegando más chavales muy dependientes de sus padres. Los padres solicitan cosas que te quedas ojiplático». Este verano, pone de ejemplo, «cuando los alumnos ya tenían las notas, algún chaval tenía suspensos y debía ir a clases particulares para recuperar con otros compañeros». «Me llama una madre de un niño de 13 años y me dice: ‘‘No me parece bien que mi hijo siga llevando el uniforme y el resto de sus compañeros con ropa de deporte. Le están señalando, no es bueno para su autoestima...’’. Lo que creo que lo que debe hacer ese niño es estudiar y responsabilizarse de lo que no ha hecho durante el curso. Este tipo de llamadas es habitual, les estamos haciendo a nuestros hijos todo muy llevadero, y es un error», se moja José, que dice que solemos poner las preocupaciones como padres en el lugar equivocado.

«En el riesgo es donde la autoestima de los niños puede ir mejorando. Si les quitamos esas oportunidades, los hacemos vulnerables, y es eso lo que está pasando. En vez de premiar el esfuerzo o la responsabilidad que debe tener cada uno, les hacemos flojitos».

¿Cómo lo hacen siendo familia numerosa? «Es un tema que nos ha generado fricción. Si lo pones en un papel, Cami hace muchas más tareas», admite José. «Estamos mejorando —alivia Camino—. Con cuatro hijos, son tantas cosas que explotas». Al empezar a ocuparse él de las cenas, ha mejorado «mucho» la relación, coinciden.

¿Está Galicia preparada para las familias numerosas? «Cuesta encontrar casa, pero los locales de hostelería son superagradables, están pendientes de los niños, de si necesitamos cualquier cosa», dice Camino. «Los comensales nos suelen mirar con buena cara», se ríe José.

Juan, que nació con una trisomía 21, es una de las razones que a muchos nos han llevado a seguir a esta familia numerosa que comparte en redes la alegría de crecer abrazando la diferencia y desmonta falsas creencias, extendidas, sobre el síndrome de Down. «Juan no para...», dice su padre. «Él se mete siempre en el grupo de otros niños. Es uno más», suma su madre. «En la playa se puede ir con otra familia y estar media hora. Le acogen y él feliz. Hemos coincidido con otra familia con una niña que tiene síndrome de Down, y hay una conexión rápida entre las dos familias, nos contamos cómo vamos. Juan está feliz en la playa, siempre en el agua. Tenemos que regañarle mucho, hay que estar pendiente todo el rato. Es un disfrute, pero hay que saber parar a Juan porque, si no, se cree el rey del mundo». Chico del norte.

«Estar cogiendo cangrejos ermitaños al lado del parador de Baiona mientras ves las Cíes es la mejor aventura. Estos veranos tienen algo que ver con aquellos de Los cinco (de Enid Blyton), y yo ahora aprovecho todo este entorno para contarles a mis hijos cuentos que suceden todos en Galicia», concluye José. Galicia es el lugar en el que pasa el verano y al que, de memoria, el resto del año no deja de volver...

Bruno, Aida y el pequeño Leo, en el parque de O Toural de Xinzo, donde siempre vuelven en verano y en temporada de entroido.
Bruno, Aida y el pequeño Leo, en el parque de O Toural de Xinzo, donde siempre vuelven en verano y en temporada de entroido. ALEJANDRO CAMBA

Bruno y Aidaa, de Barcelona, no perdonan un verano en Xinzo: «La gran joya del verano en el interior de Galicia es la pausa, poder levantarte y decir: A ver qué me depara el día»

Anterior al éxito de los veranos del norte, que se consolida como refugio climático en España, es el amor de Aida y Bruno, fieles desde un entroido a un verano con más encantos que playa y mar

 

Eso de que «la belleza está en el interior» puede aplicarse, con razones numerosas como sus fiestas, a Galicia, que entre sus encantos veraniegos tiene más de 900 playas, las Rías Altas y las Baixas, mil ríos y enclaves de ensueño para ver las puestas de sol en el top de ese turismo que crece al calor a veces sofocante de Instagram.

Pero hay más. Y ese más que no es tan evidente como Santiago y Sanxenxo —que reinan en las preferencias de los turistas que nos visitan—, está en la Galicia interior. En las aldeas de A Limia el verano es de los que se fueron, de los que emigraron hace décadas o de sus hijos y nietos. El verano es poder regresar. De esa estirpe que se movió en busca de un horizonte laboral son Bruno y Aida —él de Xinzo, ella de Barcelona, de raíces gallegas los dos—, que se vieron en Xinzo de Limia por primera vez una tarde de verano y empezaron su relación como amigos, cuando ella tenía 14 años y 15 él. «Al veranear los dos en Xinzo, desde muy jóvenes nos fuimos cruzando... Al principio, fue una amistad a distancia, que mantuvimos por carta, porque tampoco había muchas opciones de plantearse una relación de pareja a distancia... Él vivía en Tenerife en ese momento en que nos conocimos y yo en Barcelona», sitúa Aida sobre los primeros veranos de su amistad en los tiempos del SMS.

En el entroido del 2016 se reencontraron «como adultos». Entonces, Bruno se había mudado a vivir a Suiza con la familia, y aquella amistad adolescente dio el estirón para ser pareja. Hoy, casados y con un hijo, Leo, no dejan de volver en la temporada cálida (todo el tiempo que sus trabajos lo permiten) a ese lugar de Galicia que los hizo enamorarse y del que nunca llegaron, siendo justos, a marcharse. Hoy quieren dar a su hijo sus mejores veranos.

Esta pasión tiene anclaje familiar. Las familias de Aida y de Bruno son de dos aldeas cercanas de la zona. «Galicia es el territorio de los mejores recuerdos de nuestra infancia, un paraíso de la naturaleza, de las primeras fiestas, de vivir cien por cien la cultura gallega, que llevamos dentro y vivimos siempre, estemos donde estemos», se declara Bruno. Y comparte Aida su devoción.

Los dos han vivido en «muchos lugares». Y los dos coinciden en que su «cultura en casa» es la gallega. «Antes de tener a Leo, en otras épocas en que teníamos más libertad para movernos, lo que siempre nos identificó fue esto, oír el gallego, estar con la gente de aquí. En Xinzo es donde realmente sentimos que estamos en casa», revela Aida dando color emocional a su elección, mientras el pequeño Leo no deja de hacernos foto con su minicámara pidiendo que nos juntemos más.

A Aida y Bruno, Xinzo los escogió, disfrazado de pantalla, para enamorarse. En prenda, Aida y Bruno eligieron Xinzo para casarse el verano pasado. Fue Mi gran boda gallega, casi tan larga y de interés como el entroido. Ni dudaron los más próximos que este sería el lugar elegido para su boda. Tras pasar por el altar en Galicia, después de sortear con la mitad de la familia y amigos los mil kilómetros que separan sus dos patrias, la pareja acaricia la posibilidad de vivir en Galicia de manera permanente, una opción madurada desde hace años pero en fase de boceto. «Casarnos aquí [en el pazo de Bentraces] era ponerle el broche a nuestra historia. A ella la criaron como gallega. Yo me crie aquí. Los dos sentimos un vínculo muy fuerte con Galicia, tenemos la tradición familiar gallega, y a mayores nos conocimos aquí», explica Bruno. «Somos, allá donde estamos, promotores de la cultura gallega», refuerza Aida, que dice que «el lugar le dio magia a todo; fue la oportunidad de compartir nuestro amor por Galicia con los amigos que no son de aquí. Nuestra boda fue gallega cien por cien, ¡hasta tuvo su protagonismo el entroido!».

DEL ENTROIDO A LAS POZAS

Este carnaval, a sus 3 valientes años, Leo se estrenó como pantalla, disfraz que combinó con otro de dragón. Pero para abrir boca al entroido que, con cinco semanas es el carnaval más largo de España y un bien de interés cultural, ya cumplieron con la costumbre de pasar en Galicia parte de las Navidades. Manda mantener el sentido del hogar.

En verano, la estancia de esta pareja en la terriña de sus amores se alarga como los días. Aida y Bruno procuran llegar siempre a las tres semanas de verano en Xinzo. Este año han logrado superarse y alcanzar a venirse todo el mes. «Durante el año, hacemos escapadas breves a otros destinos, como Londres, pequeñas escapadas, pero con el tiempo cada vez nos apetece más estar aquí», cuenta Aida, que recalca que Leo ha hecho crecer sus ganas de pasar más tiempo en la Limia. «Aquí haces tribu, están la familia y los amigos de toda la vida, y gente en unas circunstancias parecidas a las tuyas, gente que tiene el mismo estilo de vida que nosotros, con los que compartimos cultura y tradiciones». El xeito.

«Otros niños mayores se quedan jugando a la noche al escondite por las calles del pueblo, con las bicis y las linternas... Este tipo de cosas no se pueden hacer en muchos sitios. El contraste con una ciudad como Barcelona es muy fuerte»

El xeito va con su filosofía de las vacaciones, que es poder desconectar del frenesí diario del resto del año y de las redes y el WhatsApp, con dejar en blanco la agenda y darse el regalo «de la pausa y el no saber que hacer, aunque siempre hay cosas que hacer». «Esas, son en realidad, las joyas del verano en Galicia, al menos en la interior.

Los abuelos de Bruno (ella de Os Pardieiros, él de Abavides) siguen viviendo aquí. Los de Aida no. «Los abuelos de Bruno son una de las razones para volver siempre», dice ella, que detalla que es en la aldea de su familia, donde se alojan cada verano, en Aspra. «Aquí en invierno viven tres personas». La población de esta aldea de la montaña donde están las raíces de Aida sube a unas 30 o 40 en verano, pero eso no quita la calma sin internet del lugar.

El verano atlántico crece en turismo, inspira colecciones de moda e incluso la colaboración de firmas de lujo, como Loewe, con artesanos de distintas zonas de Galicia. ¿Qué tiene este verano que les falta a otros?, ¿qué distingue sobre todo el verano de la Galicia interior? «Cada fin de semana en Galicia hay una fiesta, la del pulpo en O Carballiño, la de la empanada en Allariz, el Esquecemento en Xinzo... En naturaleza, tienes esa paz, esa desconexión en sitios con encanto que tienen el punto a favor de que no están masificados, porque no son tan conocidos a nivel internacional como la costa gallega», dice Bruno. «Mucha de la gente que veranea aquí es la que vuelve porque emigró o porque tiene familia aquí, y sigue enamorado, como nosotros, de los encantos de este lugar, que son más sentimentales que con ese atractivo de impacto que busca un turismo más visual y más viral», piensa.

Para Leo sus padres quieren este estilo de verano, este tiempo de pausa y de libertad. «En el interior de Galicia, en la provincia de Ourense, es quizá más típico ese verano de pausa. Al no tener al turista tipo, como que todo va más lento y está parado, y te ves sin nada que hacer... Pero con esa riqueza de poder descubrir sin que algo extraordinario atraiga a todo el mundo. Tú puedes descubrir la zona desde el desconocimiento y el no tener una expectativa marcada», advierte Aida.

Leo juega con sus primas en el jardín de la casa de Aspra. «Otros niños mayores se quedan jugando a la noche al escondite por las calles del pueblo, con las bicis y las linternas... Este tipo de cosas no se pueden hacer en muchos sitios. El contraste con una ciudad como Barcelona es muy fuerte», afirma Aida.

«No tener que hacer, que en las casas de la aldea no haya internet, te permite aburrirte, ir con calma, descubrir. Te levantas y ves qué te depara el día. Cuando no hay nada, descubres de otra forma. Es la joya de la Galicia interior», subraya Aida. Pueden vivir el verano sin colas ni reservas. Sin plan. Al día.

Para pueblo con encanto, Allariz. Para tapas y vinos, Ourense (desde la plaza de Hierro hasta la catedral). Para un baño, las pozas de Vilameá, por ejemplo. Siempre, Celanova. Para chiringuito, la playa de A Cova. Son solo algunas preferencias de esta pareja fiel a Galicia por su belleza interior.