De Polonia a Cabanas por amor: «Nuestros hijos aprenden inglés, castellano, polaco y gallego»

Candela Montero Río
CANDELA MONTERO RÍO CABANAS / LA VOZ

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Pamela y Miguel posan junto a sus dos hijos, Alexander, de cinco años, y Oliver, de dos.
Pamela y Miguel posan junto a sus dos hijos, Alexander, de cinco años, y Oliver, de dos. CARLOS CARBALLEIRA

Esta polaca y este mugardés se conocieron en Londres, se casaron en Cabanas y se establecieron en Ferrolterra para que los pequeños creciesen cerca de sus abuelos y bisabuelos

06 nov 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Esta es una historia de Polonia a Mugardos pasando por Londres, con meta en Cabanas. Kilómetros, suma unos cuantos. En apenas dos meses Pamela Stezycka (Polonia, 1994) cumplirá un año viviendo en la parroquia de Laraxe (Cabanas). ¿Como termina una polaca en Ferrolterra? Ella y su ya marido, Miguel Fernández (Mugardos, 1990), se conocieron el Inglaterra, donde fueron padres. Pero la morriña tiró más y terminaron estableciéndose en Galicia.

Pamela y Miguel empezaron a salir en el 2018, durante un verano en el que ambos trabajaban como camareros. Tres años después nació Alexander, su primer hijo y en el 2022, nada más terminar la baja de maternidad de Pamela, ambos dieron un giro a sus carreras profesionales. Miguel pasó a trabajar como agente de seguridad en el aeropuerto, mientras que ella comenzó a ejercer como agente de custodia en una comisaría de policía.

La llegada de segundo hijo, Oliver, en el 2024, fue el detonante para arrancar un nuevo capítulo. Y tenían claro dónde lo harían: «Queríamos mudarnos a España», recuerdan ambos. «Buscábamos estar más cerca de la familia y darles a nuestros hijos una infancia rodeada de naturaleza y cerca del mar», comenta Pamela. Así que, en enero de este mismo año, hicieron las maletas y se instalaron los cuatro en una vivienda en Laraxe.

Y también hubo boda. El 5 de septiembre, hace justo dos meses, Miguel y Pamela se casaron en Cabanas. Toda la familia polaca estuvo en el enlace y empezó otra historia de amor: «Se quedaron enamorados de Galicia, de la cultura, de la comida y de la gente», afirma Pamela.

Cerca de la familia

Eligieron Ferrolterra por varias razones. La primera y una de las más importantes, era que los niños pudiesen crecer cerca de parte de sus parientes: «La familia de Miguel vive aquí, en una casa preciosa con una finca enorme, gallinas y un perro», cuenta Pamela. «Tener ese vínculo tan a mano ha hecho que el cambio sea aún más especial. Me alegra muchísimo ver que los niños pueden convivir a diario con sus abuelos y bisabuelos», añade.

En esta línea, Pamela no esconde el que terminó siendo otro importante aspecto a favor: la gastronomía. «¡Es otro punto fuerte indiscutiblemente!», bromea. «Me encanta aprender las recetas tradicionales directamente de la abuela de Miguel. ¡Su cocina es peligrosamente buena!», comenta. El entorno fue otro factor clave: «Las vistas son increíbles y estamos al lado del mar, hemos podido ir a la playa todo el verano», argumenta.

«¡La comida de la abuela está peligrosamente buena!»

Tenían claro que querían asentarse cerca de los suyos —al menos, de una parte—, pero no se plantearon formar una familia en Polonia: «Aprender polaco le habría resultado mucho más difícil a Miguel de lo que me resultó a mí el castellano», alega Pamela. Creía que ella llevaría mejor la adaptación y la experiencia ha terminado por darle la razón: «Ya llevaba once años viviendo en el extranjero, así que mudarme no supuso un choque cultural tremendo en ese sentido», dice Pamela. «Lo que sí extrañaba profundamente —continúa— era tener cerca a un núcleo familiar amplio». En este sentido, aunque se siente un miembro más de su familia política, Pamela no puede evitar sentir, en ocasiones, cierta nostalgia de los suyos: «A veces echo de menos a mi familia y pienso que ojalá estuvieran también más cerca», reflexiona.

Un hogar internacional

Su casa es una mezcla de culturas y lenguas: «Miguel y yo hablamos entre nosotros en inglés, a los niños les hablo casi siempre en polaco, y lo combinamos con el inglés cuando estamos los cuatro juntos». De esta forma sus hijos crecen en contacto con el español, el gallego (que aprenden en el colegio), el inglés y el polaco. Y lo absorben como esponjas, porque lo de los niños con el idioma es otra historia: «Cuando llegamos, a principios de año, Alex casi no hablaba español. Empezó el colegio en marzo y, ¡apenas dos meses después, ya lo hablaba con fluidez!», recuerda su madre. Ella sigue a vueltas con el castellano: «Empecé en la escuela de idiomas de Ferrol en septiembre, pero solo con lo que practico en mi vida diaria desde enero creo que ya he aprendido suficiente como para mantener conversaciones fluidas con familiares y amigos», relata Pamela.

Y esta historia llena de casualidades ha hecho de esta casa una fiesta constante: «Octubre, por ejemplo, fue un mes lleno de celebraciones, ya que tuvimos cinco cumpleaños familiares seguidos: el de Miguel, el de su hermana, el de su cuñado, el de Oliver y el del abuelo de Miguel», relata Pamela.

Un balance «fantástico»

A la hora de valorar estos casi once meses en Galicia, Pamela lo tiene claro: «En conjunto, vivir aquí está siendo fantástico», defiende. «A los niños les fascina Galicia. Les encanta la libertad, la naturaleza y el mar», añade.

Han sido once meses de cambios y, la mayoría, positivos: «Mudarnos aquí nos ha obligado a bajar el ritmo y estar verdaderamente presentes con los niños, disfrutando juntos de los pequeños momentos del día a día, en lugar de ir de un lado a otro con las prisas de una gran ciudad», explica Pamela.

En cuanto al futuro, lo tienen claro: «Queremos quedarnos aquí, en Galicia», zanja. «Tenemos a la familia cerca —continúa—, los niños están felices e integrados en el colegio, y nos encanta la vida que tenemos aquí».

Y todavía les quedan muchos sueños por cumplir. Entre ellos,destaca un proyecto empresarial de Pamela: «Estoy preparando el plan de negocio para abrir una cafetería infantil de juego simbólico en Ferrol», cuenta emocionada. «En Londres abundan las actividades infantiles de interior y los parques de bolas, y quería crear un espacio seguro y divertido para que los niños y las madres de la zona puedan pasar el rato, sobre todo durante los meses de lluvia», comenta.