Alariko asombra con sus ilustraciones: «Dibujo para compañías de todo el mundo como Netflix y Disney desde Pontevedra»

Nieves D. Amil
NIEVES D. AMIL PONTEVEDRA / LA VOZ

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Alariko, con una de las ilustraciones que más éxito tuvieron en los últimos años
Alariko, con una de las ilustraciones que más éxito tuvieron en los últimos años Ramón Leiro

Durante años nadie conocía su identidad. Ni siquiera su familia sabía que su perfil en redes subía como la espuma hasta el medio millón de seguidores solo por su trabajo

14 oct 2026 . Actualizado a las 13:40 h.

Alariko no supo que podía estudiar Bellas Artes hasta que estaba a punto de dar el salto a bachillerato. Hasta entonces, Álvaro Vidal (Pontevedra, 2002) pensaba en ser historiador o incluso valoró la opción de Arquitectura, pero la descartó pronto por las Matemáticas y el Dibujo Técnico. Le aburrían. A él, que creció con un lápiz en la mano, lo que le enganchaba era crear su propio mundo en el que los edificios se imponían a los retratos. Era un niño que dibujaba y ahora es un joven de tan solo 24 años por el que se pelean las multinacionales. «Trabajo desde Pontevedra para compañías de todo el mundo como Netflix o Disney», apunta. Su carrera ha sido tan meteórica como silenciosa. Mantuvo oculta su identidad mientras sus redes sociales se disparaban de seguidores. Hacía lo que le gustaba y ahora vive de ello. Su historia tiene algo de suerte y mucho de dedicación. Hoy ronda el medio millón. «Nadie sabía nada, ni en mi casa, un amigo le dijo a una profesora de la escuela Pablo Picasso que Alariko era yo. Estábamos en una clase donde nos explicaba la importancia de exponer nuestro trabajo en una cuenta de Instagram», recuerda.

Cuenta con normalidad cómo sus seguidores fueron creciendo exponencialmente sin encontrarle a veces una explicación. Primero fue una casa con una nube que tuvo un millar de me gustas y poco después unos acantilados superaron los 14.000. «Fui consciente de que empezamos a jugar en otro nivel, y de repente, hice un dibujo que yo llamo el cagallón verde, que pasó de 33.000 likes y se convirtió en una de las publicaciones más virales», reconoce. Y si eso fue una sorpresa, la siguiente llegó de mano del correo electrónico y los mensajes de Instagram. «Entré en el mercado laboral sin buscar trabajo activamente, empecé a recibir ofertas de estudios en la otra punta del mundo», recuerda. Todavía no había acabado la carrera de Bellas Artes en Salamanca y las multinacionales llamaban a su puerta. La mayoría de las ofertas eran de animación y de desarrollo de ideas para directores creativos. Netflix, Disney, Nickelodeon, DreamWorks y Cartoon Network le propusieron trabajo. «Me encargo de la fase divertida de la animación, mi función es concebir una idea para las producciones», explica. Es feliz trabajando para superproducciones desde su casa, porque vive «en España con un salario estadounidense». Pero también lo hace por placer.

No todo sale a la luz

Algunos proyectos en los que trabaja no acaban viendo la luz porque entran las variables económicas en la ecuación de las compañías. «A veces no solo importa la parte creativa, si no es rentable, se plantean cambios. Nosotros cobramos igual», recalca este joven que asombra al sector. De hecho, es habitual verlo en el Festival de animación de Annecy, uno de los más prestigiosos. «La gente se sorprende porque pensaba que era un señor de 50 años», dice con una sonrisa el joven que está detrás de Alariko.

A su hermano le debe ese nombre profesional, que tiene su origen en una serie que veían de críos, y a su padre, haberse convertido en su mejor mánager. Se asombra con su trabajo desde el amor de quien lo animó a seguir su apuesta por la ilustración desde que era un crío, aun sin saber el tirón que tendrían sus trabajos. Así que si ahora tuviese que dar un mensaje a quienes empiezan en su mundo, les recomienda que nunca decaigan. «Estuve cuatro años sin que mis redes se moviesen nada, y de repente, todo cambió», explica. El impacto de la IA en su profesión es para otro capítulo. Por ahora pide prudencia y que España valore la creatividad como hacen en otros países y abandone la cultura de «lo gratuito».