El viaje de regreso de Basilea a O Grove de Rosana: «Emigramos a Suiza cargados de ilusión, pero no fue lo que esperábamos y hemos vuelto»

SILVIA PENELAS

VEN A GALICIA

MONICA IRAGO

Cruzar 1.900 km en un viejo Renault Megane y sin aire acondicionado parece una locura, pero es lo que hizo esta familia que regresa después de seis años: «Si mis hijas hablasen alemán y no gallego me daría algo»

06 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

«S oy más gallega que la empanada de zamburiñas», me dice Rosana después de un rato charlando. Lo hace con un acento gallego muy marcado, una cantinela que no ha perdido a pesar de haber vivido durante seis años en Suiza. Emigró junto a su marido en la pandemia. Sin embargo, tras varios años en un pueblo cercano a Basilea y con dos niñas —una de 2 años y otra en camino— ha decidido volver a O Grove. No se trata solo de morriña, su situación económica, laboral y personal le empujaron a retornar: «Todo el mundo idealiza Suiza y emigrar no siempre es fácil, sobre todo si lo que buscas es un trabajo cualificado», explica ya tras varios meses asentada en Galicia.

La historia de Rosana y de su marido, Siro, está marcada por el desencanto. En el 2020 decidieron dar un paso adelante y dejar sus trabajos para mudarse a Suiza seguros de que podrían prosperar económicamente. Tanto ella como su marido tenían estudios y experiencia. Ella como asesora de márketing y él como electricista. Además, en su familia habían tenido muy buena experiencia emigrando a Suiza.

El padre de Rosana es uno de los miles de gallegos que entre finales de los ochenta y principios de los noventa dejaron a su familia atrás para buscar suerte en el norte de Europa. Veinte años después, su hija y su yerno decidieron seguir sus pasos. Rosana y Siro llegaron a Suiza cargados de ilusión y con un objetivo claro: encontrar trabajo de lo suyo. No obstante, no lo consiguieron. Su nulo conocimiento de alemán les obligó a buscarse la vida. Ella trabajó como limpiadora y camarera y él como cocinero y puntualmente como electricista, aunque en encargos precarios mal pagados. «A mí me pedían experiencia en multinacionales y grandes empresas y a él le obligaban a convalidar su título profesional y a saber hablar alemán perfectamente». Poco a poco consiguieron mejorar su situación y Rosana encontró trabajo en una empresa de márketing. En esos «años dorados» la pareja ganaba cerca de 10.000 francos al mes (cerca de 10.500 euros al cambio), pero todo cambió en un abrir y cerrar de ojos.

«Cuando me quedé embarazada de Lea la empresa en la que trabajaba cerró», recuerda. En ese momento su marido no trabajaba porque estaba centrado en estudiar alemán para poder convalidar sus estudios como electricista. La ayuda por desempleo de Rosana y los trabajos que le iban saliendo a Siro les ayudaron a seguir a flote, pero con el paso de los meses la situación fue insostenible. «Hubo meses que llegamos a perder dinero». Lo que había nacido como una aventura y una oportunidad de mejorar se estaba convirtiendo en una cárcel.

La decisión llegó sola. Rosana volvió a quedarse embarazada y la idea que rondaba su mente desde hace años se materializó: era momento de volver a Galicia. En Suiza, los gastos del cuidado y la educación de un niño pequeño pueden alcanzar los 2.000 euros al mes. Una cantidad que, para ellos, era imposible asumir.

Con todo, el dinero no es el único factor a tener en cuenta a la hora de formar una familia fuera del país que te vio crecer. La cultura y la lengua también decantan la balanza. Sabe inglés, pero el alemán es una tarea que tiene pendiente. «¿Qué pasaría si mis hijas se escolarizan y no puedo ayudarles con los deberes por la barrera idiomática?», se pregunta. En cuestión de segundos se responde ella sola: «Si mis hijas hablan alemán y no gallego, me da algo».

En julio Rosana, Siro y la pequeña Lea viajaron en avión a O Grove. Pocos días después la pareja volvió a Suiza a empacar toda su vida y coger el coche de vuelta a Galicia. Recorrieron 1.900 kilómetros con el aire acondicionado estropeado y con la casa a cuestas en su viejo Renault Megane Familiar. Tardaron dos días en cruzar Europa. Llegaron con 400 euros menos en la cartera entre peajes y gasolina y con un sabor agridulce en la boca. Sin embargo, dos meses después saben que han tomado la decisión correcta. Ella ya ha conseguido trabajo en una empresa de márketing y Siro está formándose y trabajando en el sector de la construcción. Por ahora viven con unos familiares, aunque su objetivo es comprar una casa. Porque sí, los Alpes suizos son bonitos, pero no se comparan a un atardecer en O Grove.

GENERACIÓN EMIGRANTE

Su problema a la hora de emigrar es que iba con una idea preconcebida. Su padre emigró cuando ella era muy pequeña y logró construir una vida allí. A principios de los 2000 regresó a Galicia y pudo volver a reunirse con su mujer y sus hijos. Sin embargo, la crisis del 2008 obligó a la familia a tomar una decisión: volver a Suiza. Fue entonces cuando el camino de Rosana y su familia se separó. Con apenas 16 años ella decidió continuar sus estudios en España y dijo adiós a sus padres y a su hermano. Con el paso de los años conoció a Siro y empezaron una relación.

Ambos eran felices en Galicia, pero la falta de oportunidades laborales les animó a probar suerte en Basilea. Al fin y al cabo su familia había prosperado en gran parte gracias a la oportunidad que había tenido su padre. Claro que los tiempos cambian y «la emigración que vivieron nuestros padres no tiene nada que ver con la nuestra». Las cosas han cambiado. Antes los niños del baby boom se hacían un hueco en el mercado laboral aprendiendo los oficios de toda la vida (construcción, fontanería, electricidad). No se les exigía experiencia previa ni demasiado conocimiento del idioma, pero tras varias décadas esto ha cambiado radicalmente. «A Siro le costó mucho encontrar trabajo porque, aunque tenía formación como electricista, al no saber alemán no podía convalidar el título», detalla.

«Allí los gallegos siguen teniendo buena fama, pero hemos quedado un poco olvidados», comenta. En los últimos años la oleada de emigración de países como Italia, Portugal o la República Checa ha sido intensa. «La pandemia lo cambió todo, las exigencias crecieron y ahora mismo es muy difícil que te contraten si no tienes un máster muy prestigioso o experiencia en grandes multinacionales». Ahora que han pasado varios meses desde su regreso y que puede echar la vista atrás es consciente de que tanto ella como su marido perseguían un sueño que desgraciadamente no pudo cumplirse. «La idea que teníamos no era la realidad».

Ahora en sus redes sociales se dedica a contar su historia. Responde a las dudas de sus seguidores y habla con total transparencia de su proceso. «No quiero que la gente piense que estoy frustrada por cómo nos salió a nosotros. Solo quiero que sepan que es una decisión importante y que no hay que tomarla a la ligera. Pero yo siempre animo a que la gente cumpla sus sueños». En su perfil puede leerse la frase que lo resume todo: «Hay vida después de emigrar a Suiza y volver a España».