La activista rusa que se enamoró de un ucraniano en el exilio coruñés
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Iuliia Perevalova fue perseguida por el Kremlin tras su militancia en apoyo del opositor Alexéi Navalni. Ahora comparte su vida con Artemio Matiokva, que acaba de pasar el verano trabajando como técnico de sonido en verbenas gallegas
15 sep 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Ella trabaja cocinando pulpo á feira, salpicón de rape y vieiras al horno. Él acaba de recorrer la comunidad como técnico de sonido en verbenas estivales. Podría ser cualquier pareja de tórtolos de cualquier provincia gallega, y entonces su relación no sería ni una simpática anécdota. Sin embargo, la historia de Iuliia Perevalova y Artemio Matiokva no solo garantizaría un taquillazo en pantalla , sino que recuerda —y no es baladí— que el amor, en su más amplia dimensión, sigue rebasando fronteras.
Ella rusa y él ucraniano, no contaban con enamorarse cuando llegaron a A Coruña. De hecho, bastante tenía cada uno con encontrar cobijo y libertad. Llevan menos de un año juntos, pero tienen clara su voluntad de crear un futuro en común en esta ciudad, donde como tantos jóvenes, buscan una vivienda de alquiler decente. De momento, se les resiste. «Aunque los dos tenemos contratos», matiza Artemio.
Por mucho que la crisis habitacional azote, recuerdan sus otras vidas como la pesadilla a la que no desean regresar. Menos ahora, que por golpe del destino, y a golpe de clic, se han conocido el uno al otro. Las redes sociales unieron los caminos de Iuliia y Artemio, que en realidad ya se habían cruzado antes por motivos geopolíticos. Los dos llegaron a España huyendo de una guerra que dura ya más de cuatro años, «pero que no ha conseguido romper el sentimiento de unión que tenemos rusos y ucranianos», cuenta Iuliia.
Pintora y cocinera en un restaurante del centro de A Coruña, a esta joven nacida en Tiumén (Siberia) no le quedó más remedio que alejarse de su familia. Durante años formó parte del movimiento opositor liderado por Alexéi Navalni, pero en el 2021, tras el envenenamiento del político y de su detención posterior, Iuliia empezó a temer por su vida. «Hacía activismo en las calles, realizaba actividades de propaganda y participaba en mítines, además de escribir mi propio blog político. Estaba totalmente vinculada al nombre de Navalni, y el gobierno de Putin nos advirtió de que acabaríamos en la cárcel». Continúa: «Salí del país y nunca volví, pasé por países como Brasil y Turquía, pero en ningún sitio he estado tan bien como aquí».
Ahora, de hecho, espera que su madre y su sobrino puedan hacer lo mismo que ella en unos meses. «Cumple 18 años y tiene miedo de que lo llamen a combatir», explica. Su padre, por su parte, seguirá en Rusia. «Él acepta a Putin y no quiere que nada cambie, pero procuro no hablar de política con él».
Con quien sí habla del orden mundial es con Artemio. Ambos comparten que «un conflicto político es incapaz de separar nuestros pueblos. Además, aquí en Galicia nunca he conocido a un ruso putinista. Es más, veo que esperan la paz tanto como nosotros, pensar lo contrario es bastante xenófobo», apunta.
Artemio lleva unos tres años en Galicia, trabajando como compositor para una empresa ucraniana en remoto, y también haciendo de técnico de sonido en orquestas. Cuando llegó a A Coruña, gracias a un programa de Cruz Roja aprendió español con Mustafá, un marroquí con el que se aficionó a pescar en la plaza de Oza. «Lleva veinte años en España, trabaja, cotiza aquí, es muy buen chaval. Pienso en él cuando veo lo que está pasando en Ceuta y me da mucha pena, porque lo más importante es que las personas nunca perdamos la capacidad de diálogo», reflexiona.